Mi primer trabajo interesante en la Administración Pública fue con la autorización para importar 1.600 vehículos para taxímetros de todo el país allá por el año 1969.

Había que organizar la inscripción de aspirantes y la asignación de las unidades.
Teníamos el respaldo jurídico de Pancho Ferber y el apoyo de cuatro funcionarios administrativos.
Uno de ellos, Pedro G., fue muy sincero. Me dijo delante de los otros tres administrativos que, en sus diez años de funcionario público, nunca habían conseguido que trabajara y quería que lo supiéramos.
Razoné con él y le señalé que en tal caso su tarea iba a tener que ser realizada por los otros tres administrativos recargando su trabajo, lo que inmediatamente captó la atención de ellos.
Y agregué que respetaba su postura y agradecía la sinceridad pero que (a mis 24 inexpertos años) no me resultaba razonable. Y le informé que “si no trabajaba como los demás le iba a romper el c*** (“lugar del cuerpo donde termina el conducto digestivo”) a patadas”.
Pedro era vocacionalmente haragán, pero nada lento. De inmediato me dijo: “No, Tito, lo que yo te quiero decir es que no me interesa trabajar, pero con ustedes, que son mis amigos, lo voy a hacer con gusto”. Y lo cumplió.
Desde entonces aprendí mucho sobre la importancia de aplicar suficientes incentivos y desincentivos en la Administración para lograr resultados.