Corría el tiempo. El 1º de marzo de 1993 se extinguía el Nuevo Peso y nacía el Peso Uruguayo (relación 1000 a 1). Era la oportunidad.
Centenares de funcionarios cajeros en organismos públicos contaban e intercambiaban continuamente moneditas de escaso valor con centenares de miles de personas. El tiempo dedicado a manipularlas era valioso.
El Programa Nacional de Desburocratización había planteado redondear a peso las fracciones (centésimos) eliminando millones de transacciones que requerían cambio chico o monedas para culminar el pago, aplicando la regla 5/4 (50 centésimos para arriba va a un peso y hasta 49, para abajo).

El Poder Ejecutivo sólo lo podía reglamentar en el ámbito público, como ser, tarifas de servicios domiciliarios, pagos, cobros, etc. Pero sabíamos que, si el sector público comenzaba a aplicarlo, rápidamente el sector privado lo iba a adoptar. Todos ganaban.
Pero alguna burocracia se resistía a innovar. La resistencia al cambio de alguna oficina burocrática (no importa cuál) frenó la iniciativa, argumentando que así el Estado perdería recaudación. Insistieron en el error.
Se señalaron las ventajas de esa simplificación, incluso señalando que muchas máquinas de calcular ya tenían incorporada la regla técnica del 5/4. Además, la Ley de Contabilidad y Administración Financiera (TOCAF) había establecido el principio de “materialidad” (importancia relativa de las cosas) en la actuación de la administración financiera del Estado, siendo el redondeo de los centésimos un claro ejemplo de materialidad.
No se los pudo convencer, pero el Secretario de la Presidencia nos estaba apurando con la inminencia de la fecha de cambio de moneda. Había que concretar.
Finalmente tuvimos que hacer lo que nunca conviene hacer, pasar por arriba de esa burocracia (lo que puede provocar mala voluntad para el futuro) e ir al nivel jerárquico superior para la decisión y así se destrancó el proyecto.
Finalmente se firmó el Decreto 95/993 el 26 de febrero de 1993, se simplificaron los centésimos y el cambio de moneda se concretó el 1º de marzo siguiente.
Y los cajeros muy agradecidos.
Fue un caso más de “resistencia al cambio” provocada por la mentalidad tan habitual en la burocracia de “siempre se hizo así”.