La Administración Pública uruguaya tenía y tiene muchos fetiches.
El más meritorio es, sin lugar a dudas, el histórico sello oficial.

Este relato señala el valor que realmente tiene dicho sello.
El PRO.NA.DE. se había instalado en el 3er. Piso del edificio de Andes y 18 de julio, en 1990.
Era el primer día. Y llegó un portero para entregar un sobre.
El funcionario pidió un recibo de entrega. La secretaría, Patricia S., hizo un recibo y lo firmó.
No era suficiente para el trabajador, que quería cumplir a conciencia sus instrucciones. Necesitaba un sello. Bien por él.
Pero ni la secretaria ni el PRO.NA.DE. tenían sellos. Habíamos omitido ese rito burocrático de iniciación al Santo Oficio del papel.
Me consultó. Recordaba que en un armario viejo quedaban todavía artículos viejos e inútiles pertenecientes a una oficina ya inexistente. Fui y encontré un sello usado. Solucionado el rito.
Le enseñé a Patricia a usar el sello viejo del modo necesario.
Humedecí ligeramente el sello con mi aliento, la secretaria fue hasta el recibo, puso cara de solemnidad, lo apoyó firmemente y movió la mano de modo de borronear el nombre que casi no se leía y que era de otra época.
Logró satisfacer los requerimientos del funcionario y hacernos ingresar a la Burocracia Oficial.
Sólo tuve que conseguir una almohadilla usada para poder contar con esa fuerza mágica secular, que había sobrevivido al lacre.
El borroneo de sello fue eficaz durante los cinco años del Programa, cuando fue necesario, sin que nadie se diera cuenta de ello ni objetara su sinsentido.