En la Administración Pública hay, a veces, presiones indebidas a los funcionarios por parte de algún interesado. Y hay que saberlas esquivar.
Las he sorteado sin mayores problemas. Aunque son irritantes.
Esta es la que más gocé al tirarla al “obol”. Fue en el verano del 86, a poco de terminada la dictadura.
La Ley de Presupuesto había dispuesto cambios trascendentes en materia de personal y por la Oficina Nacional del Servicio Civil concurrían muchas personas a informarse y gestionar.
Alguien preguntó por mí en la Mesa de Entrada expresando quién era.
Muchas presiones se pueden evitar cuando hay terceros presentes o al alcance del oído. Es una buena costumbre la de tener testigos. Así que me acerqué a esta persona en la Mesa de Entrada y el diálogo esencial fue así:
“¿Sabe, Contador, que yo fui Ministro de Educación y Cultura? Quiero plantearle el caso de una Abogada Asesora en…”
Y le contesté con voz más fuerte que lo habitual para mí:
“Sí, Doctor, sé quién es usted y qué cargo ocupó en el gobierno militar, pero a pesar de eso, lo voy a atender de igual forma que a los demás, estamos en democracia.”
Y ahí se desinfló la presión y el personaje.