El Gobierno había autorizado en 1968 la importación, libre de impuestos, de 1.600 vehículos para taxímetros de todo el país. Había que organizar la inscripción de aspirantes y la asignación de las unidades.
El Ministerio de Industria estaba a cargo de organizar la inscripción de aspirantes y la asignación de las unidades. Tuvimos que trabajar en ello.
Todo bien, hasta que apareció la coima. Recorramos su historia.
Se aprobó un Reglamento para la asignación de las unidades en base a criterios objetivos y simples: 4 puntos por año de antigüedad del vehículo y 1 punto por mes de servicio efectivo del vehículo como taxímetro. Y lo comunicamos a las gremiales de taxímetros y proveedores, antes de la inscripción.
Preparamos la base administrativa y comenzó la inscripción.
Los aspirantes a los cupos de taxímetros fueron unos 5.000, ya fueran de Montevideo (donde había miles) o hasta de algún pueblo (donde podía ser el único).
Se asignaron los cupos por puntaje y quedó un empate para unos 30 vehículos que habían sido integrados al servicio en el mismo mes, muchos años antes. No se nos había ocurrido esa posibilidad (que, por cierto, era obvia).
Una solución posible para desempatar era fraccionar el punto por mes de servicio en función de los días del mes y que se beneficiaran los que habían registrado antes el vehículo. Finalmente las circunstancias que se van a relatar llevaron a que se hiciera de otra forma.
Mientras se sustanciaba la inscripción, apareció un taximetrista del Interior preguntando por Sayagués, porque quería pagarme directamente la “coima” para obtener el cupo, sin necesidad de recurrir a determinado Fulano. Resulta que este se ofrecía como intermediario para, muy amablemente, recolectar tales dineros para mí.
Mis superiores me informaron los pros y contras de efectuar una denuncia penal por ser de difícil prueba y tener eventuales consecuencias desagradables para mi físico.
Así que se optó por otra solución, inspirada – Shakespeare mediante – en Marco Antonio al despedir los restos de Julio César y dar flor de manija contra Bruto y demás asesinos.

Para ello, se procedió a realizar un sorteo público, en la Dirección de Loterías, entre los finalistas que tenían el mismo puntaje al mes de abril. Los sorteos siempre les gustan a los uruguayos. Se llenó la sala de taximetristas.
Y antes de proceder al sorteo expliqué reiteradamente que el puntaje era 100% objetivo y que no dependía de ninguno de los funcionarios a cargo sino exclusivamente del almanaque.
Recalqué que las gremiales estaban en completo conocimiento de ello y que suponíamos que habían informado a todos. Y que no había posibilidad alguna de manejos raros en la Administración, lo que daba total garantía a los aspirantes.
Noté cuchicheos y cierto malestar, por no decir furia, en el salón de la Dirección N. de Loterías cuando expliqué ello. Luego me contaron que hubo un caldeado problema en la vía pública entre el frustrado intermediario (Fulano) y varios airados taximetristas.
También me enteré de la inmediata devolución del dinero percibido por dicho intermediario fallido.